Universitarios que conversan con ChatGPT creen entender más de lo que logran explicar, según estudio de investigador CENIA

Investigadores del Centro Nacional de Inteligencia Artificial (CENIA) y de la Universidad de Chile compararon a 102 estudiantes: quienes consultaron al chatbot escribieron explicaciones más cortas y de menor calidad que quienes leyeron los mismos textos sin conversar con la herramienta.

Los estudiantes universitarios que usan ChatGPT para entender un tema tienden a sentirse más seguros de lo que realmente saben, y a la hora de explicarlo por escrito lo hacen peor que quienes leyeron la misma información sin conversar con el chatbot. Así lo muestra una investigación desarrollada en Chile por el Centro Nacional de Inteligencia Artificial (CENIA) y el Centro de Investigación Avanzada en Educación (CIAE) de la Universidad de Chile, liderada por Ivan Aslanov, investigador postdoctoral de CENIA y de la Universidad de Chile, junto a Ernesto Guerra, académico del Instituto de Estudios Avanzados en Educación (IE) e investigador del CIAE, y Patricio Felmer, investigador del CIAE y Premio Nacional de Ciencias Exactas 2011. El estudio se hizo con 102 estudiantes universitarios chilenos y aporta evidencia sobre un efecto que preocupa a la educación: tener una buena explicación a un clic de distancia no garantiza haberla aprendido.

El fenómeno que midieron los investigadores se llama “ilusión de profundidad explicativa” y es muy conocido en la psicología cognitiva. Consiste en creer que las personas entienden un tema mejor de lo que lo hacen en realidad, algo que suele quedar en evidencia al intentar explicárselo a otra persona. Aslanov lo ilustra con una pregunta simple, como por qué las plantas son verdes: casi todos sienten que lo saben, pero al intentar explicarlo con nuestras palabras descubrimos que sabemos menos de lo que pensábamos. La literatura científica ya había mostrado que este efecto se intensifica cuando buscamos información en internet, porque se nos hace difícil separar lo que sabemos nosotros de lo que está disponible en la pantalla. Lo que no se había comprobado con claridad era si ocurre también cuando la información llega a través de un chatbot de Inteligencia Artificial, y esa es la pregunta que respondió este trabajo.

Para averiguarlo, el equipo dividió a los 102 estudiantes en tres grupos y les pidió abordar cuatro preguntas sobre fenómenos cotidianos: por qué existen los años bisiestos, cómo se fabrica el vidrio, cómo funcionan los cierres y por qué la Luna tiene fases. Un grupo hizo las preguntas a una versión personalizada de ChatGPT, otro leyó exactamente los mismos textos generados por el chatbot, presentados como texto fijo en pantalla y sin que los participantes conocieran su procedencia, y el tercero no recibió ningún material de apoyo. Antes de escribir, cada participante calificó qué tan bien creía poder explicar cada fenómeno; luego redactó su explicación y, después de leerla, volvió a evaluarse. La ilusión se calculó como la distancia entre lo que los participantes creían que podían explicar y lo que efectivamente lograron hacer.

El grupo que conversó con ChatGPT mostró la mayor distancia entre su confianza y su desempeño. Además, sus explicaciones fueron de menor calidad: dos evaluadores independientes las calificaron en una escala de 1 a 4, y el grupo que usó el chatbot obtuvo en promedio 2,47 puntos, frente a 2,75 del grupo que solo leyó los textos y 1,8 del grupo que no recibió material. El análisis del lenguaje apuntó en la misma dirección: quienes usaron ChatGPT escribieron en promedio 43,8 palabras, con un vocabulario menos variado, mientras que quienes leyeron los textos escribieron 59,6 palabras y se acercaron más a la redacción del texto original. Como ambos grupos recibieron exactamente la misma información, la diferencia no se explica por la calidad del contenido, sino por la forma de acceder a él.

“Tener acceso a una buena explicación no significa necesariamente haber incorporado ese conocimiento. Una persona puede reconocer y seguir una explicación cuando la tiene delante, pero no necesariamente reconstruirla después por sí misma”, afirmó Ernesto Guerra. El investigador agregó que los resultados de PISA 2025 muestran que el uso de herramientas de Inteligencia Artificial para aprender está muy extendido entre los estudiantes chilenos de 15 años, lo que vuelve pertinente preguntarse no solo cuánto se usan, sino qué ocurre con la comprensión que se construye a partir de ellas.

Los autores aclaran que el estudio no demuestra que ChatGPT sea malo para aprender ni que la Inteligencia Artificial produzca siempre peores resultados. Lo que muestra es un efecto específico: al conversar con un chatbot, las personas pueden terminar con más confianza en su comprensión de la que justifica su desempeño posterior. El trabajo mide ese desajuste, pero no identifica por qué ocurre. Una hipótesis es que los usuarios se atribuyan a sí mismos parte de un conocimiento que en realidad está en la herramienta; otra, que una conversación fluida genere una sensación de comprensión mayor. Aslanov plantea además que podría influir la forma en que las respuestas aparecen palabra por palabra en pantalla, algo que no ocurre al leer un texto fijo. Ninguna de estas ideas está probada y requieren nuevos estudios. También hay límites que conviene tener presentes: se evaluó solo ChatGPT, con respuestas precargadas, y únicamente a estudiantes universitarios.

El equipo prevé replicar el estudio con una muestra más grande y diversa que los 102 participantes iniciales, y comparar dos formas de reducir la ilusión: enseñar a los estudiantes cómo funciona la Inteligencia Artificial y cuáles son sus límites, o entrenar habilidades de pensamiento crítico. También evaluarán si el efecto se repite en estudiantes escolares y en población general.

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